El Grafo: TEORÍA KING KONG VIRGINIE DESPENTES

Por Lila Villarreal

 

“No se nace mujer, se llega a serlo”

Simone de Beauvoir (1949)

 

“…Escribo desde la fealdad, y para las feas, las viejas, las camioneras, las frígidas, las mal folladas, las infollables, las histéricas, las taradas, todas las excluidas del gran mercado de la buena chica. Y empiezo por aquí para que las cosas queden claras: no me disculpo de nada, ni vengo a quejarme”, Virginie Despentes (2019).

 

 

Así comienza el libro de Despentes. En un inicio pensé que sería un ensayo feminista, pero al final, resultó ser una autobiografía, porque hay algunos planteamientos que no están desglosados ni presentan una argumentación sólida. De esta manera, la autora presenta un discurso en donde asume una falta con relación a lo que considera “buena chica” (otro). Es desde este lugar como proletaria de la feminidad (Ibid.) que escribe. Es una lectura confrontante, reflexiva y transgresora.


Despentes, relata varios momentos de su vida, pero sin lugar a duda, el más significativo fue la violación de la que fue víctima. Es entonces, que el tono de su discurso pareciera de un profundo enojo. Y se podría pensar que ser proletaria de la feminidad significa entonces, ser una mujer violada. Por lo tanto, las “buenas chicas” no han sido víctimas de la peor agresión que se puede cometer contra una mujer. Una mujer abusada por un hombre pierde para Virginie, todos los atributos femeninos que el Otro otorga. La autora se identifica con la parte violenta y agresiva y elabora un discurso en donde pretende invertir roles, consignarle a lo femenino características masculinas y de alguna manera, reparar el daño de la violación (su daño) a través de un discurso masculinizado. Es decir, hacer hincapié permanente en que la mujer también tiene poder, puede utilizarlo y es además, sociopolíticamente correcto. Sin embargo, lo que muestra la autora como esa apropiación de poder, es el intento por mostrar a esas mujeres -en falta- (entendiéndose aquí que para ella, son las feas, las camioneras, las viejas, frígidas, prostitutas, actrices porno, etcétera) como mujeres con el poder de transgredir lo establecido. Es decir, ella rescata a las mujeres -violadas- por el Otro. Entendiendo por Otro, a la función patriarcal que nos organiza en sociedad y nos ordena. Y para Despentes, esta función de alguna manera u otra, a las mujeres, nos ha obligado a callar, a someternos, a renunciar al placer, a ser-para-otros y a no tener poder.

 

Lagarde (1993) señala: “Más allá de las características biológicas del sexo, existe el género: se trata de un complejo de determinaciones y características económicas, sociales, jurídico-políticas y psicológicas, es decir, culturales, que crean lo que en cada época, sociedad y cultura son los contenidos específicos de ser mujer o ser hombre… Los géneros son históricos, producto de la relación entre biología, sociedad y cultura…; devienen y presentan una enorme diversidad”.

 

Esto significa que los contenidos que cada sociedad asigna a lo masculino y a lo femenino, aunque hacen referencia al cuerpo, no están determinados biológicamente por el sexo, no son universales ni estáticos, y no preceden a la organización jerárquica de las sociedades. La sexualidad y el género son construcciones socioculturales históricas que (como todas aquéllas que en su elaboración ideológica funden y confunden la diferencia con la desigualdad) justifican la opresión evocando principios supuestamente provenientes de la naturaleza.

 

Basaglia (1983), plantea que las mujeres se constituyen esencialmente en seres-para-los-otros porque tanto su cuerpo como su subjetividad están consagrados a los demás. De esta manera, Lagarde (1990) formuló una teoría de los cautiverios de las mujeres: son cautivas por carecer de autonomía, de independencia, de gobierno sobre sí mismas, de la posibilidad de escoger y de la capacidad de decidir y menciona: “El cautiverio caracteriza a las mujeres en cuento al poder de la dependencia vital, el gobierno de sus vidas por las instituciones y los particulares (los otros), la obligación de cumplir con el deber ser femenino de su grupo de adscripción, concretado en vidas estereotipadas… Todo esto es vivido… desde la posición de subordinación a que las somete el dominio de sus vidas que, en todos los aspectos y niveles, ejercen la sociedad y la cultura clasistas y patriarcales” (Ibíd.)

 

Despentes, refiere en su obra, cómo la prostitución femenina y el ser actriz porno son una práctica castigada socialmente. Estas mujeres, son también, proletarias de la feminidad. La prostituta y la mujer que actúa pornografía, son las mujeres sociales y culturalmente estructuradas en torno a su cuerpo erótico y también, en torno a la transgresión. Podemos pensar que en el imaginario, en ese cuerpo no existe la maternidad. Para Lagarde (Ibíd.), la prostituta como grupo social y la actriz porno, disocian en su cuerpo la articulación entre los elementos básicos de la unidad genérica, de la condición femenina. La prostituta y la actriz que actúa pornografía concretan la escisión de la sexualidad femenina entre el erotismo y procreación, entre el erotismo y la maternidad, fundamentos sociales y culturales de signo positivo del género femenino. El cuerpo de una prostituta, así como el cuerpo de la actriz porno, son el espacio del sacrilegio, de la transgresión del tabú. El cuerpo de estas mujeres es el espacio material y subjetivo de la realización del pecado, y es el ámbito de la afrenta de los seres humanos a la divinidad. La mujer cosificada, ni siquiera consciente, aprueba o participa en esa afrenta.

 

De esta manera, para el -discurso del Amo- (Otro) no hay género. No es un discurso masculino o femenino. Cada persona lo asume desde su subjetividad, desde su ser mujer u hombre, desde lo femenino y lo masculino.

 

Despentes, dirige su enojo producto de una violación a un Otro que asume masculino, poderoso y abusivo. Se coloca entonces, del lado que subjetivamente percibe como -marginado-, -abusado-, -silenciado-, -oprimido- y -dominado-. Ser King Kong para esta autora, es “una metáfora de una sexualidad anterior a la distinción entre los géneros tal y como se impuso políticamente hacia finales del siglo XIX. King Kong está más allá de la hembra y más allá del macho. Es la bisagra entre el hombre y el animal, entre el adulto y el niño, entre el bueno y el malo, lo primitivo y lo civilizado, el blanco y el negro. Híbrido, anterior a la obligación de lo binario”. Yo agregaría, que ser King Kong para Despentes, es una persona que no tiene género. No es hombre, pero tampoco es mujer. Si una mujer es violada, deja de ser mujer, pero además pierde las características atribuidas a su género y se coloca dentro de los grupos sociales “señalados” como mujeres no “buenas chicas”.


Para Silvia Tubert (2010), en nuestra cultura la subjetividad se organiza en función de una variedad de oposiciones binarias, tales como sujeto/objeto, blanco/negro, opresor/oprimido, hombre/mujer, maestro/alumno, superior/inferior, forma/materia, cultura/naturaleza, razón/emoción. Estas categorías, concebidas como ontológicas y excluyentes, se escinden: cada sujeto asume uno de los dos términos del par y convierte al otro en soporte del término opuesto. Esto significa que se desprende imaginariamente de aquello que le resulta intolerable, configurándolo como un enemigo que, por otra parte, se hace coincidir con algún personaje existente en la realidad social y que encarna, más o menos adecuadamente, ese papel. Así, la intolerancia a la alteridad en el semejante –al que se le niega la calidad de tal- es correlativa al rechazo de la alteridad intrasubjetiva.

 

El precio psíquico de esta ilusoria solución de las contradicciones intrapsíquicas, intersubjetivas y sociales, es la alienación en diversas formaciones sintomáticas y en la construcción de una falsa identidad. Tal alienación conduce, además, a la aceptación de un supuesto destino –el femenino , por ejemplo- inevitable y esencial, en tanto se lo considera determinado por la naturaleza y se encubre su fundamento cultural e histórico.

 

De esta manera, concluyo que esta autobiografía me pareció más que un ensayo feminista o una denuncia a un sistema patriarcal permisivo de la agresión contra las mujeres, un desesperado grito de ayuda por entender y reparar -una violación- física y sus posibles consecuencias psíquicas. Y al mismo tiempo, el llamado al Otro es permanente, aquí expresado a través la transgresión, del aparente descubrimiento de lo que constituye la naturaleza femenina y del aparente sometimiento a la cultura patriarcal o al Otro, sin la posibilidad de desmarcarse y para Despentes, renegando su subjetividad y discurso femenino. Seamos las mujeres: putas, locas, feas, gordas, viejas, buenas chicas, malas, camioneras, frígidas, etcétera; no podemos escaparnos de una sociedad que se ha constituido patriarcal.  Sin embargo, definirnos a través de un discurso masculino, sobrevalorado y agresivo,  es una manera de no asumir nuestro género, reconocer la diferencia y respetar la alteridad.

 

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